En la vida de nuestros hijos e hijas, hay momentos en los que las cosas no salen como esperaban: ese dibujo que no les convence, una nota más baja de lo que imaginaban, un juego que no ganan, una discusión con un amigo… En todas estas situaciones aparece una emoción que como madres, padres y educadores a menudo queremos evitarles: la frustración. Sin embargo, la frustración no es solo inevitable, sino también necesaria.
Frustrarse también educa. Les ayuda a conocerse mejor, a desarrollar tolerancia ante la espera, a entender que no todo es inmediato, y que muchas veces el esfuerzo, la constancia o la ayuda de otros son claves para superar los obstáculos. Les prepara para afrontar la vida real, donde no siempre se gana, donde no todo es justo y donde equivocarse forma parte del camino. Los momentos difíciles pueden convertirse en grandes oportunidades educativas si están bien acompañados. Nuestro papel como adultos no es evitar que se frustren, sino ayudarles a entender lo que sienten, a ponerle palabras y a encontrar estrategias para superarlo.
Aquí compartimos algunas estrategias que pueden resultar útiles en casa:
1. Validar sus emociones.
Lo primero no es corregir, sino reconocer lo que sienten. Frases como “Entiendo que te sientas así” o “Veo que esto te ha molestado mucho” les hacen sentir comprendidos y seguros. La validación no es consentir todo, sino mostrar que lo que sienten tiene sentido.
2. Ayudarles a ponerle nombre a lo que les pasa.
Muchos niños no saben si lo que sienten es rabia, tristeza o decepción. Enseñarles a identificar sus emociones es el primer paso para poder gestionarlas. Podemos preguntar: “¿Estás enfadado porque no salió como querías?” o “¿Te sientes triste porque no pudiste jugar con tus amigos?”
3. Enseñarles a respirar y calmarse.
En momentos de mucha intensidad emocional, respirar profundamente, contar hasta diez o hacer una pausa para beber agua puede ayudarles a recuperar el control. Estos pequeños gestos, repetidos, se convierten en hábitos de autorregulación.
4. Fomentar el pensamiento flexible.
Ante un “¡No puedo!”, invitemos a transformar esa frase en “Todavía no me sale, pero puedo seguir intentándolo”. Es importante modelar este lenguaje también como adultos. Mostrar que nosotros también nos equivocamos y aprendemos con el tiempo.
5. Ofrecer soluciones realistas.
Cuando estén más tranquilos, podemos guiarles para buscar alternativas: “¿Qué podrías hacer diferente la próxima vez?” o “¿Quieres que pensemos juntos cómo solucionarlo?” Así aprenden a no rendirse ante el primer obstáculo.
6. Ajustar expectativas.
A veces la frustración surge porque esperan resultados inmediatos o perfectos. Ayudarles a entender que todo aprendizaje lleva tiempo, y que equivocarse es parte del proceso, les da un marco más realista y menos exigente.
7. Valorar el esfuerzo más que el resultado.
En lugar de decir “¡Qué bien lo hiciste!”, podemos decir “Se nota que has trabajado mucho en esto”. Esto refuerza la importancia del proceso y no solo del logro final.
Eso sí, no toda frustración es igual. Hay una diferencia entre aprender a manejar una decepción puntual y sentirse atrapado en una emoción que no cesa. ¿Cuándo debemos preocuparnos? Cuando vemos que nuestros hijos se bloquean con frecuencia ante pequeñas dificultades, cuando reaccionan con una ira desproporcionada, con llanto constante o con apatía. Si estas reacciones se repiten o afectan a su autoestima o a sus relaciones, puede ser señal de que necesitan apoyo emocional más específico.
La frustración, lejos de ser un enemigo, puede ser una gran aliada en su desarrollo personal. Porque educar no es solo enseñar contenidos, sino formar personas resilientes, capaces de levantarse cada vez que caen.


